El último libro que leí este año fue No-cosas, de Byung-Chul Han. Aunque es un libro corto y lo tenía en mi biblioteca desde hace tiempo, fue hasta el inicio de las vacaciones de fin de año cuando logré terminarlo. Byung-Chul Han es uno de los filósofos y pensadores contemporáneos que más han reflexionado sobre el impacto de nuestra vida en la era digital. Su obra gira alrededor del cansancio, la autoexigencia, la hiperconectividad y la forma en que el mundo digital ha transformado no solo el trabajo, sino también la experiencia cotidiana.
En No-cosas, Han plantea que estamos atravesando un cambio en nuestro mundo: el paso de un mundo definido por objetos a uno dominado por información a través de datos y estímulos constantes. La vida digital ha ido desplazando lo material y, con ello, ha modificado nuestra relación con el tiempo, la memoria y la atención. La tecnología ya no es una herramienta externa; se ha vuelto parte de la forma en que interpretamos la realidad.
Hoy, gran parte de nuestra relación con el mundo pasa por una pantalla. Desde ahí hablamos con otras personas, trabajamos, tomamos decisiones y consumimos información. Nuestro smartphone y nuestra computadora ya no son solo herramientas: se han convertido en el espacio donde ocurre gran parte de nuestra vida diaria. Esto, por supuesto, nos ha facilitado muchas cosas, pero también define qué vemos, qué ignoramos y, sobre todo, cómo entendemos la realidad. En buena medida, nuestra percepción del mundo está determinada por lo que consumimos a través de las recomendaciones de los algoritmos. Aceptamos sus decisiones sin comprenderlas del todo, delegando una parte de nuestra autonomía en sistemas que funcionan como cajas negras.
En el libro Han observa cómo nuestra percepción se ha ido ajustando a ese entorno. Consumimos contenidos fragmentados, breves, diseñados para ser olvidados con rapidez. La lógica de la dopamina impulsa una búsqueda constante de novedades, pero rara vez de profundidad. La información se acumula, pero no se transforma en sentido.
El libro plantea una pregunta central: ¿hasta qué punto seguimos pensando por nosotros mismos? No sólo en relación con las redes sociales, sino también frente a la expansión de herramientas de inteligencia artificial. Si los algoritmos digitales ya moldearon nuestra atención, los de la IA prometen incidir aún más en nuestra forma de entender el mundo.
El libro insiste de manera constante en una idea que resulta clave para entender su argumento. La tecnología trabaja con datos y patrones del pasado. Los humanos, en cambio, deciden también desde la emoción, la intuición y la experiencia vivida. El pensamiento humano no es sólo cálculo, tiene profundidad, ambigüedad, afecto y la inteligencia artificial carece de esa dimensión.

Quizá todo esto pueda parecer exagerado, pero pocas veces nos detenemos a pensar cuánto dejamos que la tecnología defina quiénes somos, cuánto permitimos que el mundo digital moldee nuestra percepción de la realidad y cuántos espacios del día hemos dejado de tener sin una pantalla de por medio. Basta con observar un hábito muy común en muchas personas : cualquier momento libre, una espera, una pausa breve, se convierte casi de inmediato en la excusa perfecta para tomar nuestro smartphone y ver qué hay en redes sociales. Disfruté mucho este libro porque al leerlo también me hizo reflexionar un poco más en mi propia relación con la tecnología y el mundo digital.
Otro tema que aparece en el libro es el silencio, o más bien la falta de él. Vivimos rodeados de mensajes, notificaciones y ruido constante, pero cada vez escuchamos menos. Estar siempre conectados no significa estar realmente en contacto. El silencio no produce nada ni se puede medir, y por eso incomoda en un mundo que valora todo en función del rendimiento. Aun así, el silencio puede ser tranquilo y necesario. En un entorno donde los ojos casi no descansan y la información nunca se detiene, quizá estemos perdiendo algo muy básico: la capacidad de parar un poco, de cerrar los ojos y de decir no a tantos estímulos.
No-cosas no es un rechazo a la tecnología, sino una invitación a repensar nuestra relación con ella. Y justo en este cierre e inicio de año, cuando generalmente nos detenemos a pensar que queremos cambiar, qué metas, propósitos y objetivos queremos para el próximo año, vale la pena hacernos la pregunta sobre ¿qué lugar queremos que ocupe el mundo digital en nuestra vida?
En lo personal, este libro también me llevó a detenerme y observar mis propios hábitos. Tal vez, sin darme cuenta, he ido aceptando una forma muy limitada de relacionarse con el mundo: siempre a través del smartphone, siempre desde el mismo tipo de contenido, las mismas ideas, los mismos temas. No solo porque los algoritmos lo sugieran, sino porque resulta cómodo dejarse llevar. Quizá a veces he perdido curiosidad por explorar otras cosas, otros intereses. Pensar en esto me llevó a algo concreto en lo que quiero trabajar el próximo año: cambiar mi relación con el smartphone, usarlo con más cuidado y no permitir que sea siempre el filtro principal de lo que veo, leo o pienso. Esta reflexión no es solo porque leí el libro, es algo en lo que llevo pensando desde hace varios meses, pero los hábitos son muy difíciles de cambiar.
Tal vez el reto no sea desconectarse del todo, sino aprender a usar la tecnología con más intención.Dejar nuestro smartphone solo por más tiempo, escribir una idea a mano en una libreta, caminar sin audífonos y prestar atención a lo que para a nuestro alrededor, esperar en una fila sin revisar redes sociales o simplemente permitir el silencio, sin sentir la necesidad inmediata de llenarlo con una pantalla.. Como recuerda Byung-Chul Han, pensar sigue siendo un acto profundamente humano, y quizá cuidarlo implique recuperar pequeños espacios donde el mundo digital no tenga la última palabra.
