Autor: Hugo López Álvarez

  • El lado oscuro del optimismo tecnológico: «El Círculo» de Dave Eggers

    El lado oscuro del optimismo tecnológico: «El Círculo» de Dave Eggers

    Este año quiero continuar reflexionando y aprendiendo sobre el impacto de la tecnología y de la inteligencia artificial en nuestra sociedad, y qué mejor forma de hacerlo que a través de la distopia con el libro de «El Círculo» de Dave Eggers.  En muchos sentidos, estamos viviendo un optimismo tecnológico con el desarrollo de a inteligencia artificial sin embargo, pocas veces nos ponemos a analizar el verdadero impacto que esto puede tener. 

    En el libro se presenta a «El Círculo», la empresa de tecnología más importante del mundo, que utiliza tecnología avanzada con el objetivo de transformar el mundo de manera positiva eliminando el crimen, las enfermedades y la corrupción, sin embargo es impulso hacia la perfección conduce a la deshumanización.  La historia es narrada desde la perspectiva de Mae, quien empieza a trabajar en la empresa y en poco tiempo se convierte en parte fundamental del movimiento. A lo largo del libro se nos presentan varios proyectos que, en conjunto, construyen un sistema de vigilancia total: plataformas que eliminan el anonimato en Internet, millones de cámaras accesibles para cualquier persona, sistemas que localizan a cualquier individuo en minutos usando reconocimiento facial, y bases de datos que almacenan el historial completo de cada persona y sus antepasados. El paso final es Demoxie: un proyecto que obligaría a todos los ciudadanos del mundo a registrarse en El Círculo para votar, convirtiendo la participación democrática en otro mecanismo de control. Con toda esta tecnología, la vida se convierte en espectáculo. En pro de la verdad y de un mundo más seguro, poco a poco la privacidad desaparece, ya que cada persona tiene una cámara que la sigue en todo momento y cualquier persona puede acceder en tiempo real a estas imágenes. Políticos, personajes públicos y un sinnúmero de personas empiezan a hacer su vida pública y cambian su comportamiento porque saben que son observados y que todos sus movimientos pueden ser analizados constantemente.

    El que una sociedad sea monitoreada en todo momento no es algo nuevo; lo hemos visto en varios libros distópicos como 1984, Un Mundo Feliz o Fahrenheit 451. Sin embargo, en este caso no se trata de un régimen totalitario o un gobierno, sino de una empresa con fines comerciales y capitalistas, donde la vigilancia es aceptada de manera voluntaria. El Círculo convence a la gente de que la vigilancia es parte fundamental del desarrollo y del beneficio de la sociedad, ya que eliminaría muchos de los problemas de nuestro mundo. La gente de todo el mundo acepta y ve como normal ser 100% transparente en todo momento.

    A veces necesitamos voltear hacia la distopía para entender el impacto de la tecnología en nuestro mundo. Este libro me hizo reflexionar sobre varios temas que ya estamos viviendo. El libro plantea las consecuencias de que una empresa de tecnología tenga tanto poder y tanto acceso a la información de sus usuarios con el objetivo de mejorar nuestras vidas, y es precisamente el discurso que hemos visto en los últimos años, en particular en el tema de la inteligencia artificial. Hoy en día existe un sobreoptimismo sobre lo que puede hacer la IA, ya que, al igual que El Círculo, el mercado actual promete que la IA transformará positivamente la salud, la economía, la productividad y el medio ambiente para beneficio de todos. No dudo que el avance tecnológico tenga la capacidad de transformar positivamente, sin embargo pocas veces nos ponemos a reflexionar sobre cuál sería el costo de todo esto y qué pasaría si las cosas no van por el camino correcto. Las redes sociales nos demostraron el lado negativo de que las empresas tuvieran acceso a tanta información personal: el caso de Cambridge Analytica reveló cómo los datos de millones de usuarios de Facebook fueron utilizados para manipular elecciones, y los algoritmos diseñados para maximizar el tiempo en pantalla terminaron creando burbujas de información que alimentan la polarización. Hoy lo mismo está pasando con los asistentes de IA: las personas están tomando decisiones, compartiendo cómo se sienten y tratando de resolver sus problemas de su mano, sin detenerse a pensar en las consecuencias de entregar tanta información personal. En su momento, las redes sociales y los smartphones se vendieron como transformadores positivos, pero también nos trajeron dependencia, sesgos y polarización.

    Además del uso de la información, el libro plantea una reflexión sobre el valor que tiene la privacidad para la humanidad en un mundo donde las grandes empresas tecnológicas almacenan, guardan y tienen acceso a toda nuestra información. Entiendo que muchos de los problemas que vive nuestro mundo tienen que ver con la falta de transparencia, pero podría ser igual de peligroso si todo fuera transparente, si todo se pudiera monitorear y si todo el mundo tuviera acceso a lo que ves, sientes o piensas. Por supuesto, quizás sea la visión de una persona que lleva más de cuatro décadas en este mundo y que nació, creció y fue joven en un mundo donde tus accesos a internet no dejaban rastro, no dejaban huella y donde podías ser 100% anónimo en Internet. Pero las nuevas generaciones no conocen ese mundo; lo ven como algo muy lejano y extraño. Es posible que con el tiempo aceptemos como sociedad que todo debe ser monitoreado y rastreado. Y entonces, sin darnos cuenta, estaremos viviendo dentro de El Círculo.

    La privacidad es fundamental para nosotros como seres humanos. Pero el libro lo plantea desde un ángulo diferente: ¿y si la comodidad, la seguridad y las promesas de un mundo mejor que nos ofrecen a cambio terminan siendo más atractivas que nuestra propia libertad? Al final, nadie obligó a los personajes de El Círculo a renunciar a su privacidad. Lo hicieron voluntariamente, convencidos de que era lo correcto. Y lo más importante es que sus razones eran comprensibles: querían un mundo sin crímenes, sin corrupción, sin secretos que lastimaran a otros. El problema es que el camino hacia ese mundo ideal les costó todo lo que los hacía humanos.

    Por eso este tipo de libros importan: no predicen el futuro, nos obligan a cuestionarlo antes de que llegue.

  • Pensar mejor con IA: una reflexión personal sobre cómo la uso 

    Pensar mejor con IA: una reflexión personal sobre cómo la uso 

    La IA es un compañero mental imperfecto: no sustituye el criterio, pero puede cambiar la forma en que pensamos y enfrentamos problemas.

    Seguramente, como muchos, al inicio ChatGPT para mí era solo una herramienta que respondía preguntas y generaba textos por nosotros. En ese momento, lo más valioso de uso era la rapidez y la comodidad para encontrar respuestas.  Sin embargo, con el paso de tiempo, todos hemos descubierto nuevas formas de utilizarlas. Pero, mientras exploraba nuevos usos para generar ideas, también empecé a notar algo que a veces no me gustaba tanto: en algunos momentos estaba delegando mi propio pensamiento. Sin darme cuenta, mis ideas, mis soluciones y hasta mis conclusiones comenzaban a verse influenciadas y sesgadas por las respuestas que recibía.  

    Si bien aún tengo mucho que mejorar y aprender, estoy tratando de usar estas herramientas no para que piensen por mí, sino para pensar conmigo: para ayudarme a ver lo que no estaba viendo y a cuestionar mis propias ideas.  Por eso, cuando hago una solicitud, casi nunca me quedo con la primera respuesta: pido varias opciones y soy yo quien decide con cuál quedarme. El elegir con qué respuesta o idea me quedo cambia por completo cómo se usa, porque la respuesta deja de ser “lo que dijo la IA” y se convierte en una decisión propia. Pero también soy consciente de que esa decisión no es tan libre como me gustaría pensar y que la IA, incluso ahí, sigue influyendo más de lo que a veces reconozco. 

    También he incorporado otra práctica que me ha dado buenos resultado. Antes de pedir respuestas, le pido a la IA que me haga varias preguntas. De esta forma, en lugar de partir de supuestos, empiezo con el contexto adecuado, lo que hace que las respuestas posteriores estén mucho más alineadas con lo que realmente necesito. Y aunque mejora el contexto, no dejo de cuestionarme si apoyarme tanto en este mecanismo no es el primer paso hacia una dependencia más sutil de la que me gustaría admitir.  

    Sobre todo, desde la última mitad del 2025 he empezado a usar la IA como asistente de programación. Durante muchos años dejé de desarrollar por los roles que desempeñé, aunque siempre quise volver a programar. El problema no era el código, sino el tiempo necesario para aprender nuevos frameworks y sintaxis de los nuevos lenguajes. Herramientas como Cursor me han permitido enfocarme más en explorar ideas y en la parte conceptual. A finales del año pasado desarrollé un pequeño sistema en cuestión de días, algo que, sin estas herramientas, probablemente habría tomado semanas a algún desarrollador con experiencia media. Aunque ChatGPT sigue siendo la herramienta más popular, he encontrado mucho valor en explorar otras opciones. Gemini ha mejorado bastante, Claude y Cursor se ha integrado bien a mis proyectos de desarrollo y sé que pronto incorporaré más herramientas. Esta competencia constante, lejos de ser un problema, abre oportunidades para entender qué herramienta funciona mejor en cada caso. 

    Las herramientas de IA cambiaron mucho durante 2025 y seguirán cambiando. Pero el verdadero reto no está solo en las herramientas, sino en cómo aprendemos a usarlas. En dejar de verlas únicamente como soluciones rápidas y empezar a entenderlas como espacios para pensar, explorar y cuestionar. En encontrar nuevos casos de uso y nuevas formas de pensar con ellas, sin perder de vista que también tienen limitaciones y sesgos. Hoy las veo como un compañero mental imperfecto, pero útil. No sustituyen el criterio ni la experiencia, pero sí pueden cambiar la forma en la que pensamos sobre una idea o problema.  Seguramente este año encontraré nuevas formas de trabajar con ellas, de integrarlas a mi proceso y de hacer más cosas. Al final del día, lo que siento es una preocupación del impacto de su uso, no solo en mi sino para todo el mundo.  Me preocupa que, al querer intentar pensar mejor con la IA termine pensando menos por mi cuenta, que la facilidad para preguntar, sustituya el tener las dudas en mi mente por más tiempo.  El reto ya no es si la IA puede ayudarnos a pensar, sino si nosotros seremos capaces de notar cuándo empieza a pensar en nuestro lugar. Encontrar ese equilibrio entre aprovechar su potencial y no volvernos dependientes no es algo que se resuelva con reglas claras ni con buenas intenciones, es un proceso largo y continuo. Quizá la pregunta más importante no sea qué más puede hacer la IA por mí, sino qué partes de mi pensamiento no estoy dispuesto a delegar, aunque me cueste más tiempo, más esfuerzo o más silencio. 

  • ¿Confiarías tu salud a una inteligencia artificial? 

    ¿Confiarías tu salud a una inteligencia artificial? 

    A finales de año me sentía un poco mal. Nada grave, pero lo suficiente como para preocuparme. Al principio dudé, pero no pude resistir la tentación de buscar mis síntomas preguntándole a ChatGTP para saber qué me estaba pasando.   No quería que eso quedara en mi historial de las conversaciones así que lo hice desde en modo incognito del navegador y sin haber iniciado la sesión en mi cuenta.  Le expliqué cómo me sentía y ChatGPT me dio un diagnóstico preliminar. Después le pedí que me hiciera diez preguntas para tratar de mejorar mi diagnóstico. Al final me dijo que podía tratarse de dos posibles padecimientos y, como era de esperarse, me sugirió acudir con un especialista en particular, ya que también le pregunté qué tipo de médico atendía ese tipo de problemas. Como sí era un tema que me preocupaba, tomé el teléfono, busqué un especialista y agendé una consulta.  

    El doctor confirmó uno de los padecimientos que ChatGPT había sugerido, me recetó un medicamento y algunos consejos adicionales para cuidarme. Al salir de la consulta, volví a entrar a ChatGPT, le pedí que me ampliara la información sobre el padecimiento y que me explicara mejor de qué se trataba. Además de eso, también me sugirió algunos hábitos que debía reforzar para evitar que el problema se complicara. En ese contexto, la duda no es solo para qué usar la IA, sino qué tan confiable es la información que nos ofrece cuando se trata de salud. 

    Estoy seguro de que no soy la única persona que hace esto, y no solo con herramientas de IA; desde hace mucho tiempo es una práctica común que las personas busquen sus síntomas en Google. Existen estimaciones y estadísticas que el propio OpenAI ha compartido que indican que 1 de cada 4 usuarios consulta de manera regular temas de salud física y mental a través de su plataforma.  Si bien hoy tenemos plataformas de propósito general, es muy probable que empecemos a ver cada vez más herramientas de uso específico, especialmente en áreas como la salud. 

    OpenAI está por lanzar un nuevo servicio llamado ChatGPT Health. La idea es ayudar a las personas a atender temas de salud, pero yendo más allá de solo responder preguntas. Para hacerlo, la plataforma pedirá que subas registros médicos, estudios de laboratorio e incluso que conectes dispositivos que monitorean signos vitales. Con toda esa información, la herramienta busca ofrecer una visión más completa y ayudar a cuidar la salud de manera más informada. En el fondo, se trata de centralizar la información médica y dar más contexto a las recomendaciones que ofrece. 

    Vista previa de ChatGPT Health

    De acuerdo con OpenAI, ChatGPT Health está pensada para organizar e interpretar la información médica del usuario. Por ejemplo, puede ayudar a entender mejor los resultados de análisis recientes. A partir de los datos disponibles, también ofrecerá orientación sobre hábitos como alimentación, ejercicio o sueño, con el objetivo de llegar mejor preparado a una consulta médica. Debido a la sensibilidad de esta información, las conversaciones de salud estarían separadas del resto de los chats, para darles un tratamiento distinto en términos de privacidad y seguridad de los datos. 

    Hemos visto cómo la inteligencia artificial ha llegado a muchas áreas de la vida cotidiana, desde el trabajo hasta el entretenimiento, y la salud no podía ser la excepción. Su adopción ha avanzado más rápido que la discusión sobre sus implicaciones reales. Como ocurre con casi todo en el mundo de la IA, este tipo de herramientas puede analizarse desde al menos dos perspectivas distintas. 

    Por un lado, las herramientas de IA mejoran gracias a los datos. Si millones de usuarios suben información, monitorean su salud y comparten registros, los datos de entrenamiento pueden ayudar a mejorar los resultados. Además, no se trata solo de tener más datos, sino datos más diversos. Medicamentos, vacunas y tratamientos pueden variar en efectividad según la región. Tener información de personas en México, Argentina, Japón o Turquía (por mencionar algunos países) podría ayudar a obtener mejores diagnósticos y tratamientos más ajustados a cada contexto. 

    Además, en países como México y en gran parte de Latinoamérica, donde los sistemas de salud no son lo mejor, existe una saturación y una fuerte desigualdad en el acceso, muchas personas retrasan la atención médica por falta de recursos o por la dificultad para conseguir una consulta. En este contexto, contar con diagnósticos iniciales, recomendaciones básicas y cierto seguimiento puede ayudar a detectar problemas a tiempo y a tomar mejores decisiones antes de que una situación se agrave. Sin resolver los problemas de fondo, este tipo de herramientas podría tener un impacto positivo en la salud pública, especialmente en comunidades donde el acceso a servicios médicos sigue siendo limitado. 

    Pero también está el otro lado de la moneda. El primero es la privacidad. Empresas como OpenAI no solo tendrían un perfil de nuestros intereses, sino también detalles muy sensibles sobre nuestra salud. Sabemos bien que esto puede derivar en un mal uso de la información. ¿Qué pasaría si estos datos se hicieran públicos o se usaran de forma incorrecta? ¿Qué efectos secundarios podría tener? El riesgo no es solo de privacidad, sino también de poder. Tener tantos datos de salud permitiría construir perfiles biológicos, predecir enfermedades y abrir la puerta a posibles formas de discriminación en seguros, empleos o créditos.  En escenarios más extremos, este tipo de información podría usarse con fines geopolíticos o biotecnológicos, convirtiendo los datos médicos en un activo estratégico que afecta no solo a individuos, sino a poblaciones enteras. 

    El crecimiento de las plataformas de IA ha sido muy rápido, pero no ha sido gratuito. Detrás de este avance hay inversiones enormes en infraestructura que, tarde o temprano, obligarán a las empresas a generar ingresos. Esto abre una pregunta incómoda: aunque estas herramientas puedan ayudar a muchas personas, ¿qué tipo de modelo de negocio será necesario para sostenerlas y quién terminará pagando ese costo? 

    Por ahora, ChatGPT Health aún no está disponible y solo existe una lista de espera. Pero si hoy muchas personas ya consultan su salud en ChatGPT, suben estudios médicos y confían en la plataforma, es probable que una herramienta enfocada exclusivamente en salud tenga una adopción muy alta.  

    Tal vez el problema no esté en lo que la inteligencia artificial hará con la salud en el futuro, sino en lo que ya estamos haciendo hoy con ella. Cada vez más personas consultan síntomas, interpretan resultados y toman decisiones preliminares apoyadas en información generada por modelos que no siempre entendemos. La confianza no llega de golpe, se construye poco a poco, casi sin darnos cuenta. La pregunta no es si la IA puede ayudar, sino en qué momento dejamos de cuestionarla. Y cuando se trata de nuestra salud, quizá esa sea la decisión más delicada de todas. 

  • Repensar nuestra relación con la tecnología en un mundo hecho de información y no-cosas

    Repensar nuestra relación con la tecnología en un mundo hecho de información y no-cosas

    El último libro que leí este año fue No-cosas, de Byung-Chul Han.  Aunque es un libro corto y lo tenía en mi biblioteca desde hace tiempo, fue hasta el inicio de las vacaciones de fin de año cuando logré terminarlo.  Byung-Chul Han es uno de los filósofos y  pensadores contemporáneos que más han reflexionado sobre el impacto de nuestra vida en la era digital. Su obra gira alrededor del cansancio, la autoexigencia, la hiperconectividad y la forma en que el mundo digital  ha  transformado no solo el trabajo, sino también la experiencia cotidiana. 

    En No-cosas, Han plantea que estamos atravesando un cambio en nuestro mundo: el paso de un mundo definido por objetos a uno dominado por información a través de datos y estímulos constantes. La vida digital ha ido desplazando lo material y, con ello, ha modificado nuestra relación con el tiempo, la memoria y la atención. La tecnología ya no es una herramienta externa; se ha vuelto parte de la forma en que interpretamos la realidad.

    Hoy, gran parte de nuestra relación con el mundo pasa por una pantalla. Desde ahí hablamos con otras personas, trabajamos, tomamos decisiones y consumimos información. Nuestro smartphone y nuestra computadora ya no son solo herramientas: se han convertido en el espacio donde ocurre gran parte de nuestra vida diaria. Esto, por supuesto, nos ha facilitado muchas cosas, pero también define qué vemos, qué ignoramos y, sobre todo, cómo entendemos la realidad. En buena medida, nuestra percepción del mundo está determinada por lo que consumimos a través de las recomendaciones de los algoritmos. Aceptamos sus decisiones sin comprenderlas del todo, delegando una parte de nuestra autonomía en sistemas que funcionan como cajas negras.

    En el libro Han observa cómo nuestra percepción se ha ido ajustando a ese entorno. Consumimos contenidos fragmentados, breves, diseñados para ser olvidados con rapidez. La lógica de la dopamina impulsa una búsqueda constante de novedades, pero rara vez de profundidad. La información se acumula, pero no se transforma en sentido.

    El libro plantea una pregunta central: ¿hasta qué punto seguimos pensando por nosotros mismos? No sólo en relación con las redes sociales, sino también frente a la expansión de herramientas de inteligencia artificial. Si los algoritmos digitales ya moldearon nuestra atención, los de la IA prometen incidir aún más en nuestra forma de entender el mundo.

    El libro insiste de manera constante en una idea que resulta clave para entender su argumento.  La tecnología trabaja con datos y patrones del pasado. Los humanos, en cambio, deciden también desde la emoción, la intuición y la experiencia vivida. El pensamiento humano no es sólo cálculo, tiene profundidad, ambigüedad, afecto y la inteligencia artificial carece de esa dimensión.

    Byung-Chul Han

    Quizá todo esto pueda parecer exagerado, pero pocas veces nos detenemos a pensar cuánto dejamos que la tecnología defina quiénes somos, cuánto permitimos que el mundo digital moldee nuestra percepción de la realidad y cuántos espacios del día hemos dejado de tener sin una pantalla de por medio. Basta con observar un hábito muy común en muchas personas : cualquier momento libre, una espera, una pausa breve, se convierte casi de inmediato en la excusa perfecta para tomar nuestro smartphone y ver qué hay en redes sociales. Disfruté mucho este libro porque al leerlo también me hizo reflexionar un poco más en mi propia relación con la tecnología y el mundo digital.

    Otro tema que aparece en el libro es el silencio, o más bien la falta de él. Vivimos rodeados de mensajes, notificaciones y ruido constante, pero cada vez escuchamos menos. Estar siempre conectados no significa estar realmente en contacto. El silencio no produce nada ni se puede medir, y por eso incomoda en un mundo que valora todo en función del rendimiento. Aun así, el silencio puede ser tranquilo y necesario. En un entorno donde los ojos casi no descansan y la información nunca se detiene, quizá estemos perdiendo algo muy básico: la capacidad de parar un poco, de cerrar los ojos y de decir no a tantos estímulos.

    No-cosas no es un rechazo a la tecnología, sino una invitación a repensar nuestra relación con ella. Y justo en este cierre e inicio de año, cuando generalmente nos detenemos a pensar que queremos cambiar, qué metas, propósitos y objetivos queremos para el próximo año, vale la pena hacernos la pregunta sobre ¿qué lugar queremos que ocupe el mundo digital en nuestra vida?

    En lo personal, este libro también me llevó a detenerme y observar mis propios hábitos. Tal vez, sin darme cuenta, he ido aceptando una forma muy limitada de relacionarse con el mundo: siempre a través del smartphone, siempre desde el mismo tipo de contenido, las mismas ideas, los mismos temas. No solo porque los algoritmos lo sugieran, sino porque resulta cómodo dejarse llevar. Quizá a veces he perdido curiosidad por explorar otras cosas, otros intereses. Pensar en esto me llevó a algo concreto en lo que quiero trabajar el próximo año: cambiar mi relación con el smartphone, usarlo con más cuidado y no permitir que sea siempre el filtro principal de lo que veo, leo o pienso.  Esta reflexión no es solo porque leí el libro, es algo en lo que llevo pensando desde hace varios meses, pero los hábitos son muy difíciles de cambiar.

    Tal vez el reto no sea desconectarse del todo, sino aprender a usar la tecnología con más intención.Dejar nuestro smartphone solo por más tiempo, escribir una idea a mano en una libreta, caminar sin audífonos y prestar atención a lo que para a nuestro alrededor, esperar en una fila sin revisar redes sociales o simplemente permitir el silencio, sin sentir la necesidad inmediata de llenarlo con una pantalla.. Como recuerda Byung-Chul Han, pensar sigue siendo un acto profundamente humano, y quizá cuidarlo implique recuperar pequeños espacios donde el mundo digital no tenga la última palabra.

  • Feliz cumpleaños, ChatGPT. A tres años, toca preguntarnos si hemos tomado el rumbo correcto.

    Feliz cumpleaños, ChatGPT. A tres años, toca preguntarnos si hemos tomado el rumbo correcto.

    A tres años del lanzamiento de ChatGPT, todavía es difícil saber con claridad cuál ha sido su impacto.Pocas tecnologías han cambiado tanto y en tan poco tiempo nuestra relación con el mundo digital. En su primer año, OpenAI puso en manos de millones de personas, una herramienta de uso general, impulsada por IA con la cual se podía interactuar en lenguaje natural y que podía  responder cualquier pregunta que le hicieras.

    Desde entonces,  hemos visto actualizaciones de manera constante. Pasamos en cuestión de meses de un chat que respondía preguntas con información limitada, a modelos capaces de escribir código, generar videos hiperrealistas y ejecutar tareas más complejas como si fuera nuestro asistente personal.  Como era de esperarse, el resto de los gigantes tecnológicos se sumaron a la carrera y hoy tenemos también a Gemini, Claude, Grok y otros modelos, todos compitiendo en un ciclo donde cada actualización promete ser la versión que lo cambiará todo.

    Si bien hemos visto grandes avances, muchos de ellos realmente sorprendentes, también es cierto que el optimismo inicial ha empezado a disminuir y han surgido señales claras del impacto negativo que la IA generativa puede tener en nuestras vidas.

    Para empezar, mientras más avanza la tecnología, más evidente se vuelve una nueva brecha. No se trata de quienes tienen acceso y quienes no, sino entre quienes solo usan estas herramientas para obtener respuestas y dar copy-paste y quienes las usan para construir, automatizar, rediseñar procesos y crear cosas nuevas.  Me preocupa que, sin darnos cuenta, estemos formando una generación que prefiere respuestas rápidas en lugar de detenerse a reflexionar, cuestionar y construir ideas de fondo.

    La IA generativa también trae efectos secundarios difíciles de ignorar para el mundo digital. Internet comienza a saturarse de contenido sintético: textos interminables, artículos sin sentido y opiniones genéricas, en parte porque nos han convencido de que, para competir en el mundo digital, debemos producir contenido a gran escala. Por si fuera poco, muchos estudiantes están dejando que la IA piense por ellos. Escribir, reflexionar, cuestionar se pueden convertir en habilidades opcionales en mundo donde puedes pedirle todo al modelo más reciente.  He sido profesor en los últimos años y he visto a estudiantes crear proyectos increíbles  gracias a estas herramientas, pero también a otros que han buscado el camino fácil, copian, pegan y entregan y nada más.  Esto me hace preguntarme qué debemos hacer, desde el ámbito educativo, para formar a una generación que tiene estas herramientas disponibles en todo momento.  

    Podría parecer que esta es una postura negativa sobre el uso de la IA, pero no es así.  En estos años he explorado su potencial de forma constante, he trabajado con distintas herramientas, he impartido cursos y conferencias para promover su uso, y sobre todo en los últimos seis meses he encontrado nuevas maneras de integrarla a mis actividades diarias. Creo que la IA puede transformar al mundo de forma positiva, pero solo si la usamos de la manera correcta: para amplificar nuestras capacidades, no para delegarlas.

    No desconfío de la IA, desconfío de cómo la humanidad puede llegar a usarla, y ese es el verdadero desafío que tenemos por delante.  Tal vez por eso es necesario volver a lo básico, aunque suene contracultural: escribir sin asistencia, reflexionar sin apoyo, retomar el lápiz y el papel. No como nostalgia, sino como entrenamiento cognitivo para no perder lo que nos hace humanos. 

    No se trata de preguntarnos si debemos usar la IA o no, sino de discutir cómo la incorporamos sin perder nuestra capacidad de pensar y reflexionar por nosotros mismos. Usarla de forma positiva y responsable no es una opción: es la única manera de asegurar que su impacto sea realmente beneficioso. Y esto será aún más relevante en los próximos años, cuando la inteligencia artificial se vuelva un recurso más abundante y accesible; la pregunta central será entonces cómo vamos a gobernar, educar y trabajar en un mundo donde estas herramientas formen parte natural de nuestra vida cotidiana.

    Por ahora, solo me queda decir “Feliz cumpleaños ChatGPT”

  • OpenAI quiere que vivas dentro de ChatGTP 

    OpenAI quiere que vivas dentro de ChatGTP 

    La semana pasada, en San Francisco, California, se llevó a cabo el evento anual de desarrolladores de OpenAI, donde se presentaron varias innovaciones que nos dan una idea de hacia dónde Sam Altman quiere llevar la plataforma en los próximos años.  El objetivo es que ChatGPT es claro, dejar de ser solo un asistente inteligente con el que conversas y se convierta en el lugar donde trabajes, compres e incluso uses otras aplicaciones. Con los 800 millones de usuarios activos que tiene cada semana (una cifra que equivale a la mitad de los usuarios de TikTok), podría tener la masa crítica para lograrlo y crear una nueva plataforma donde las aplicaciones estén impulsadas por agentes conversacionales. 

    ChatGPT ahora puede conectarse con otras aplicaciones sin salir de la plataforma. En las demostraciones del evento se vio cómo se podía crear una playlist en Spotify, buscar una casa en San Francisco o diseñar una presentación en Canva, todo dentro de la misma conversación.   Muchos de los usuarios que utilizan ChatGPT para sus tareas suelen copiar el contenido generado y lo pasan a otras aplicaciones como Canva o Google Docs y este cambio podría abrir nuevas formas de interactuar con aplicaciones y modelos de inteligencia artificial. Si bien todavía son pocos los casos de uso, OpenAI ya puso a disposición de la comunidad de desarrolladores un App SDK que permitirá crear aplicaciones que se integren con la plataforma.  

     Al mismo tiempo, OpenAI anunció AgentKit, un conjunto de herramientas que promete hacer por los agentes de IA lo que WordPress hizo por la web o Canva por el diseño, es decir que cualquiera pueda desarrollar agentes que automaticen tareas. De manera general un agente puede realizar tareas por si mismo, conectarse con aplicaciones empresariales y actuar de forma autónoma para ayudarte a lograr un objetivo. Esta nueva plataforma busca ofrecen una forma visual y accesible de crear agentes del mismo modo que Canva simplificó el diseño para quienes no eran diseñadores.   

    Por si fuera poco, OpenAI también presentó un protocolo de comercio agéntico que permitirá hacer pagos directamente dentro de ChatGPT. En otras palabras, los agentes podrían hacer compras por nosotros mientras conversamos con ellos. En la presentación se adelantó que Shopify será una de las próximas en incorporarse a este sistema de pagos, lo que podría abrir nuevas oportunidades para los negocios y marcas que ya tienen sus tiendas en línea en la plataforma. 

    Poder desarrollar aplicaciones dentro de ChatGTP, realizar pagos y crear agentes con facilidad abre la puerta a una nueva generación de aplicaciones basadas en interacciones conversacionales e impulsada por IA.  

    Pero más allá de los anuncios, el mensaje fue claro: OpenAI no solo está creando productos, sino busca redefinir nuestra relación con la web, donde la página principal ya no sea Google, ni las redes sociales, ni las apps del teléfono, sino ChatGPT. Se ha hablado mucho que la IA está destruyendo la web, al llenar Internet de contenido generado por máquinas. Sin embargo, quizá lo que realmente está haciendo es redefinir lo que significa estar en la web.  

    Si bien todo esto suena prometedor, también debemos reflexionar sobre su impacto. Es muy importante prestar atención a los temas de privacidad y seguridad, ya que permitir que aplicaciones de terceros se conecten con ChatGPT podría darles acceso a nuestras conversaciones y a la memoria de la plataforma. Esto es aún más preocupante porque, en general, los usuarios comparten más información más personal en sus conversaciones con modelos de IA que en las redes sociales. En su momento, Facebook impulsó el desarrollo de juegos y aplicaciones dentro de su plataforma (seguro recuerdas FarmVille o Candy Crush), y el resultado fue negativo: muchas de esas empresas accedían a más información personal de la que debían. Ojalá esta vez no repitamos la misma historia. 

    Sam Altman quiere redefinir lo que es la web, y en cierto modo, ya lo está logrando. ChatGPT ha transformado nuestra forma de buscar información, crear contenido y desarrollar aplicaciones y continuará transformando la forma en que trabajamos. Si lo logra, ChatGTP no solo será una aplicación más, sino el nuevo sistema operativo de nuestra vida digital.  La plataforma avanza tan rápido que resulta difícil imaginar que este ritmo se detenga pronto.  Más allá de las preocupaciones que genera, es importante aprender y entender cómo aprovechar estas innovaciones, tanto a nivel personal como empresarial, siempre con una mirada crítica y un sano escepticismo frente a sus resultados.