Pensar mejor con IA: una reflexión personal sobre cómo la uso 

La IA es un compañero mental imperfecto: no sustituye el criterio, pero puede cambiar la forma en que pensamos y enfrentamos problemas.

Seguramente, como muchos, al inicio ChatGPT para mí era solo una herramienta que respondía preguntas y generaba textos por nosotros. En ese momento, lo más valioso de uso era la rapidez y la comodidad para encontrar respuestas.  Sin embargo, con el paso de tiempo, todos hemos descubierto nuevas formas de utilizarlas. Pero, mientras exploraba nuevos usos para generar ideas, también empecé a notar algo que a veces no me gustaba tanto: en algunos momentos estaba delegando mi propio pensamiento. Sin darme cuenta, mis ideas, mis soluciones y hasta mis conclusiones comenzaban a verse influenciadas y sesgadas por las respuestas que recibía.  

Si bien aún tengo mucho que mejorar y aprender, estoy tratando de usar estas herramientas no para que piensen por mí, sino para pensar conmigo: para ayudarme a ver lo que no estaba viendo y a cuestionar mis propias ideas.  Por eso, cuando hago una solicitud, casi nunca me quedo con la primera respuesta: pido varias opciones y soy yo quien decide con cuál quedarme. El elegir con qué respuesta o idea me quedo cambia por completo cómo se usa, porque la respuesta deja de ser “lo que dijo la IA” y se convierte en una decisión propia. Pero también soy consciente de que esa decisión no es tan libre como me gustaría pensar y que la IA, incluso ahí, sigue influyendo más de lo que a veces reconozco. 

También he incorporado otra práctica que me ha dado buenos resultado. Antes de pedir respuestas, le pido a la IA que me haga varias preguntas. De esta forma, en lugar de partir de supuestos, empiezo con el contexto adecuado, lo que hace que las respuestas posteriores estén mucho más alineadas con lo que realmente necesito. Y aunque mejora el contexto, no dejo de cuestionarme si apoyarme tanto en este mecanismo no es el primer paso hacia una dependencia más sutil de la que me gustaría admitir.  

Sobre todo, desde la última mitad del 2025 he empezado a usar la IA como asistente de programación. Durante muchos años dejé de desarrollar por los roles que desempeñé, aunque siempre quise volver a programar. El problema no era el código, sino el tiempo necesario para aprender nuevos frameworks y sintaxis de los nuevos lenguajes. Herramientas como Cursor me han permitido enfocarme más en explorar ideas y en la parte conceptual. A finales del año pasado desarrollé un pequeño sistema en cuestión de días, algo que, sin estas herramientas, probablemente habría tomado semanas a algún desarrollador con experiencia media. Aunque ChatGPT sigue siendo la herramienta más popular, he encontrado mucho valor en explorar otras opciones. Gemini ha mejorado bastante, Claude y Cursor se ha integrado bien a mis proyectos de desarrollo y sé que pronto incorporaré más herramientas. Esta competencia constante, lejos de ser un problema, abre oportunidades para entender qué herramienta funciona mejor en cada caso. 

Las herramientas de IA cambiaron mucho durante 2025 y seguirán cambiando. Pero el verdadero reto no está solo en las herramientas, sino en cómo aprendemos a usarlas. En dejar de verlas únicamente como soluciones rápidas y empezar a entenderlas como espacios para pensar, explorar y cuestionar. En encontrar nuevos casos de uso y nuevas formas de pensar con ellas, sin perder de vista que también tienen limitaciones y sesgos. Hoy las veo como un compañero mental imperfecto, pero útil. No sustituyen el criterio ni la experiencia, pero sí pueden cambiar la forma en la que pensamos sobre una idea o problema.  Seguramente este año encontraré nuevas formas de trabajar con ellas, de integrarlas a mi proceso y de hacer más cosas. Al final del día, lo que siento es una preocupación del impacto de su uso, no solo en mi sino para todo el mundo.  Me preocupa que, al querer intentar pensar mejor con la IA termine pensando menos por mi cuenta, que la facilidad para preguntar, sustituya el tener las dudas en mi mente por más tiempo.  El reto ya no es si la IA puede ayudarnos a pensar, sino si nosotros seremos capaces de notar cuándo empieza a pensar en nuestro lugar. Encontrar ese equilibrio entre aprovechar su potencial y no volvernos dependientes no es algo que se resuelva con reglas claras ni con buenas intenciones, es un proceso largo y continuo. Quizá la pregunta más importante no sea qué más puede hacer la IA por mí, sino qué partes de mi pensamiento no estoy dispuesto a delegar, aunque me cueste más tiempo, más esfuerzo o más silencio. 

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