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  • Pensar mejor con IA: una reflexión personal sobre cómo la uso 

    Pensar mejor con IA: una reflexión personal sobre cómo la uso 

    La IA es un compañero mental imperfecto: no sustituye el criterio, pero puede cambiar la forma en que pensamos y enfrentamos problemas.

    Seguramente, como muchos, al inicio ChatGPT para mí era solo una herramienta que respondía preguntas y generaba textos por nosotros. En ese momento, lo más valioso de uso era la rapidez y la comodidad para encontrar respuestas.  Sin embargo, con el paso de tiempo, todos hemos descubierto nuevas formas de utilizarlas. Pero, mientras exploraba nuevos usos para generar ideas, también empecé a notar algo que a veces no me gustaba tanto: en algunos momentos estaba delegando mi propio pensamiento. Sin darme cuenta, mis ideas, mis soluciones y hasta mis conclusiones comenzaban a verse influenciadas y sesgadas por las respuestas que recibía.  

    Si bien aún tengo mucho que mejorar y aprender, estoy tratando de usar estas herramientas no para que piensen por mí, sino para pensar conmigo: para ayudarme a ver lo que no estaba viendo y a cuestionar mis propias ideas.  Por eso, cuando hago una solicitud, casi nunca me quedo con la primera respuesta: pido varias opciones y soy yo quien decide con cuál quedarme. El elegir con qué respuesta o idea me quedo cambia por completo cómo se usa, porque la respuesta deja de ser “lo que dijo la IA” y se convierte en una decisión propia. Pero también soy consciente de que esa decisión no es tan libre como me gustaría pensar y que la IA, incluso ahí, sigue influyendo más de lo que a veces reconozco. 

    También he incorporado otra práctica que me ha dado buenos resultado. Antes de pedir respuestas, le pido a la IA que me haga varias preguntas. De esta forma, en lugar de partir de supuestos, empiezo con el contexto adecuado, lo que hace que las respuestas posteriores estén mucho más alineadas con lo que realmente necesito. Y aunque mejora el contexto, no dejo de cuestionarme si apoyarme tanto en este mecanismo no es el primer paso hacia una dependencia más sutil de la que me gustaría admitir.  

    Sobre todo, desde la última mitad del 2025 he empezado a usar la IA como asistente de programación. Durante muchos años dejé de desarrollar por los roles que desempeñé, aunque siempre quise volver a programar. El problema no era el código, sino el tiempo necesario para aprender nuevos frameworks y sintaxis de los nuevos lenguajes. Herramientas como Cursor me han permitido enfocarme más en explorar ideas y en la parte conceptual. A finales del año pasado desarrollé un pequeño sistema en cuestión de días, algo que, sin estas herramientas, probablemente habría tomado semanas a algún desarrollador con experiencia media. Aunque ChatGPT sigue siendo la herramienta más popular, he encontrado mucho valor en explorar otras opciones. Gemini ha mejorado bastante, Claude y Cursor se ha integrado bien a mis proyectos de desarrollo y sé que pronto incorporaré más herramientas. Esta competencia constante, lejos de ser un problema, abre oportunidades para entender qué herramienta funciona mejor en cada caso. 

    Las herramientas de IA cambiaron mucho durante 2025 y seguirán cambiando. Pero el verdadero reto no está solo en las herramientas, sino en cómo aprendemos a usarlas. En dejar de verlas únicamente como soluciones rápidas y empezar a entenderlas como espacios para pensar, explorar y cuestionar. En encontrar nuevos casos de uso y nuevas formas de pensar con ellas, sin perder de vista que también tienen limitaciones y sesgos. Hoy las veo como un compañero mental imperfecto, pero útil. No sustituyen el criterio ni la experiencia, pero sí pueden cambiar la forma en la que pensamos sobre una idea o problema.  Seguramente este año encontraré nuevas formas de trabajar con ellas, de integrarlas a mi proceso y de hacer más cosas. Al final del día, lo que siento es una preocupación del impacto de su uso, no solo en mi sino para todo el mundo.  Me preocupa que, al querer intentar pensar mejor con la IA termine pensando menos por mi cuenta, que la facilidad para preguntar, sustituya el tener las dudas en mi mente por más tiempo.  El reto ya no es si la IA puede ayudarnos a pensar, sino si nosotros seremos capaces de notar cuándo empieza a pensar en nuestro lugar. Encontrar ese equilibrio entre aprovechar su potencial y no volvernos dependientes no es algo que se resuelva con reglas claras ni con buenas intenciones, es un proceso largo y continuo. Quizá la pregunta más importante no sea qué más puede hacer la IA por mí, sino qué partes de mi pensamiento no estoy dispuesto a delegar, aunque me cueste más tiempo, más esfuerzo o más silencio. 

  • ¿Confiarías tu salud a una inteligencia artificial? 

    ¿Confiarías tu salud a una inteligencia artificial? 

    A finales de año me sentía un poco mal. Nada grave, pero lo suficiente como para preocuparme. Al principio dudé, pero no pude resistir la tentación de buscar mis síntomas preguntándole a ChatGTP para saber qué me estaba pasando.   No quería que eso quedara en mi historial de las conversaciones así que lo hice desde en modo incognito del navegador y sin haber iniciado la sesión en mi cuenta.  Le expliqué cómo me sentía y ChatGPT me dio un diagnóstico preliminar. Después le pedí que me hiciera diez preguntas para tratar de mejorar mi diagnóstico. Al final me dijo que podía tratarse de dos posibles padecimientos y, como era de esperarse, me sugirió acudir con un especialista en particular, ya que también le pregunté qué tipo de médico atendía ese tipo de problemas. Como sí era un tema que me preocupaba, tomé el teléfono, busqué un especialista y agendé una consulta.  

    El doctor confirmó uno de los padecimientos que ChatGPT había sugerido, me recetó un medicamento y algunos consejos adicionales para cuidarme. Al salir de la consulta, volví a entrar a ChatGPT, le pedí que me ampliara la información sobre el padecimiento y que me explicara mejor de qué se trataba. Además de eso, también me sugirió algunos hábitos que debía reforzar para evitar que el problema se complicara. En ese contexto, la duda no es solo para qué usar la IA, sino qué tan confiable es la información que nos ofrece cuando se trata de salud. 

    Estoy seguro de que no soy la única persona que hace esto, y no solo con herramientas de IA; desde hace mucho tiempo es una práctica común que las personas busquen sus síntomas en Google. Existen estimaciones y estadísticas que el propio OpenAI ha compartido que indican que 1 de cada 4 usuarios consulta de manera regular temas de salud física y mental a través de su plataforma.  Si bien hoy tenemos plataformas de propósito general, es muy probable que empecemos a ver cada vez más herramientas de uso específico, especialmente en áreas como la salud. 

    OpenAI está por lanzar un nuevo servicio llamado ChatGPT Health. La idea es ayudar a las personas a atender temas de salud, pero yendo más allá de solo responder preguntas. Para hacerlo, la plataforma pedirá que subas registros médicos, estudios de laboratorio e incluso que conectes dispositivos que monitorean signos vitales. Con toda esa información, la herramienta busca ofrecer una visión más completa y ayudar a cuidar la salud de manera más informada. En el fondo, se trata de centralizar la información médica y dar más contexto a las recomendaciones que ofrece. 

    Vista previa de ChatGPT Health

    De acuerdo con OpenAI, ChatGPT Health está pensada para organizar e interpretar la información médica del usuario. Por ejemplo, puede ayudar a entender mejor los resultados de análisis recientes. A partir de los datos disponibles, también ofrecerá orientación sobre hábitos como alimentación, ejercicio o sueño, con el objetivo de llegar mejor preparado a una consulta médica. Debido a la sensibilidad de esta información, las conversaciones de salud estarían separadas del resto de los chats, para darles un tratamiento distinto en términos de privacidad y seguridad de los datos. 

    Hemos visto cómo la inteligencia artificial ha llegado a muchas áreas de la vida cotidiana, desde el trabajo hasta el entretenimiento, y la salud no podía ser la excepción. Su adopción ha avanzado más rápido que la discusión sobre sus implicaciones reales. Como ocurre con casi todo en el mundo de la IA, este tipo de herramientas puede analizarse desde al menos dos perspectivas distintas. 

    Por un lado, las herramientas de IA mejoran gracias a los datos. Si millones de usuarios suben información, monitorean su salud y comparten registros, los datos de entrenamiento pueden ayudar a mejorar los resultados. Además, no se trata solo de tener más datos, sino datos más diversos. Medicamentos, vacunas y tratamientos pueden variar en efectividad según la región. Tener información de personas en México, Argentina, Japón o Turquía (por mencionar algunos países) podría ayudar a obtener mejores diagnósticos y tratamientos más ajustados a cada contexto. 

    Además, en países como México y en gran parte de Latinoamérica, donde los sistemas de salud no son lo mejor, existe una saturación y una fuerte desigualdad en el acceso, muchas personas retrasan la atención médica por falta de recursos o por la dificultad para conseguir una consulta. En este contexto, contar con diagnósticos iniciales, recomendaciones básicas y cierto seguimiento puede ayudar a detectar problemas a tiempo y a tomar mejores decisiones antes de que una situación se agrave. Sin resolver los problemas de fondo, este tipo de herramientas podría tener un impacto positivo en la salud pública, especialmente en comunidades donde el acceso a servicios médicos sigue siendo limitado. 

    Pero también está el otro lado de la moneda. El primero es la privacidad. Empresas como OpenAI no solo tendrían un perfil de nuestros intereses, sino también detalles muy sensibles sobre nuestra salud. Sabemos bien que esto puede derivar en un mal uso de la información. ¿Qué pasaría si estos datos se hicieran públicos o se usaran de forma incorrecta? ¿Qué efectos secundarios podría tener? El riesgo no es solo de privacidad, sino también de poder. Tener tantos datos de salud permitiría construir perfiles biológicos, predecir enfermedades y abrir la puerta a posibles formas de discriminación en seguros, empleos o créditos.  En escenarios más extremos, este tipo de información podría usarse con fines geopolíticos o biotecnológicos, convirtiendo los datos médicos en un activo estratégico que afecta no solo a individuos, sino a poblaciones enteras. 

    El crecimiento de las plataformas de IA ha sido muy rápido, pero no ha sido gratuito. Detrás de este avance hay inversiones enormes en infraestructura que, tarde o temprano, obligarán a las empresas a generar ingresos. Esto abre una pregunta incómoda: aunque estas herramientas puedan ayudar a muchas personas, ¿qué tipo de modelo de negocio será necesario para sostenerlas y quién terminará pagando ese costo? 

    Por ahora, ChatGPT Health aún no está disponible y solo existe una lista de espera. Pero si hoy muchas personas ya consultan su salud en ChatGPT, suben estudios médicos y confían en la plataforma, es probable que una herramienta enfocada exclusivamente en salud tenga una adopción muy alta.  

    Tal vez el problema no esté en lo que la inteligencia artificial hará con la salud en el futuro, sino en lo que ya estamos haciendo hoy con ella. Cada vez más personas consultan síntomas, interpretan resultados y toman decisiones preliminares apoyadas en información generada por modelos que no siempre entendemos. La confianza no llega de golpe, se construye poco a poco, casi sin darnos cuenta. La pregunta no es si la IA puede ayudar, sino en qué momento dejamos de cuestionarla. Y cuando se trata de nuestra salud, quizá esa sea la decisión más delicada de todas. 

  • Feliz cumpleaños, ChatGPT. A tres años, toca preguntarnos si hemos tomado el rumbo correcto.

    Feliz cumpleaños, ChatGPT. A tres años, toca preguntarnos si hemos tomado el rumbo correcto.

    A tres años del lanzamiento de ChatGPT, todavía es difícil saber con claridad cuál ha sido su impacto.Pocas tecnologías han cambiado tanto y en tan poco tiempo nuestra relación con el mundo digital. En su primer año, OpenAI puso en manos de millones de personas, una herramienta de uso general, impulsada por IA con la cual se podía interactuar en lenguaje natural y que podía  responder cualquier pregunta que le hicieras.

    Desde entonces,  hemos visto actualizaciones de manera constante. Pasamos en cuestión de meses de un chat que respondía preguntas con información limitada, a modelos capaces de escribir código, generar videos hiperrealistas y ejecutar tareas más complejas como si fuera nuestro asistente personal.  Como era de esperarse, el resto de los gigantes tecnológicos se sumaron a la carrera y hoy tenemos también a Gemini, Claude, Grok y otros modelos, todos compitiendo en un ciclo donde cada actualización promete ser la versión que lo cambiará todo.

    Si bien hemos visto grandes avances, muchos de ellos realmente sorprendentes, también es cierto que el optimismo inicial ha empezado a disminuir y han surgido señales claras del impacto negativo que la IA generativa puede tener en nuestras vidas.

    Para empezar, mientras más avanza la tecnología, más evidente se vuelve una nueva brecha. No se trata de quienes tienen acceso y quienes no, sino entre quienes solo usan estas herramientas para obtener respuestas y dar copy-paste y quienes las usan para construir, automatizar, rediseñar procesos y crear cosas nuevas.  Me preocupa que, sin darnos cuenta, estemos formando una generación que prefiere respuestas rápidas en lugar de detenerse a reflexionar, cuestionar y construir ideas de fondo.

    La IA generativa también trae efectos secundarios difíciles de ignorar para el mundo digital. Internet comienza a saturarse de contenido sintético: textos interminables, artículos sin sentido y opiniones genéricas, en parte porque nos han convencido de que, para competir en el mundo digital, debemos producir contenido a gran escala. Por si fuera poco, muchos estudiantes están dejando que la IA piense por ellos. Escribir, reflexionar, cuestionar se pueden convertir en habilidades opcionales en mundo donde puedes pedirle todo al modelo más reciente.  He sido profesor en los últimos años y he visto a estudiantes crear proyectos increíbles  gracias a estas herramientas, pero también a otros que han buscado el camino fácil, copian, pegan y entregan y nada más.  Esto me hace preguntarme qué debemos hacer, desde el ámbito educativo, para formar a una generación que tiene estas herramientas disponibles en todo momento.  

    Podría parecer que esta es una postura negativa sobre el uso de la IA, pero no es así.  En estos años he explorado su potencial de forma constante, he trabajado con distintas herramientas, he impartido cursos y conferencias para promover su uso, y sobre todo en los últimos seis meses he encontrado nuevas maneras de integrarla a mis actividades diarias. Creo que la IA puede transformar al mundo de forma positiva, pero solo si la usamos de la manera correcta: para amplificar nuestras capacidades, no para delegarlas.

    No desconfío de la IA, desconfío de cómo la humanidad puede llegar a usarla, y ese es el verdadero desafío que tenemos por delante.  Tal vez por eso es necesario volver a lo básico, aunque suene contracultural: escribir sin asistencia, reflexionar sin apoyo, retomar el lápiz y el papel. No como nostalgia, sino como entrenamiento cognitivo para no perder lo que nos hace humanos. 

    No se trata de preguntarnos si debemos usar la IA o no, sino de discutir cómo la incorporamos sin perder nuestra capacidad de pensar y reflexionar por nosotros mismos. Usarla de forma positiva y responsable no es una opción: es la única manera de asegurar que su impacto sea realmente beneficioso. Y esto será aún más relevante en los próximos años, cuando la inteligencia artificial se vuelva un recurso más abundante y accesible; la pregunta central será entonces cómo vamos a gobernar, educar y trabajar en un mundo donde estas herramientas formen parte natural de nuestra vida cotidiana.

    Por ahora, solo me queda decir “Feliz cumpleaños ChatGPT”

  • OpenAI quiere que vivas dentro de ChatGTP 

    OpenAI quiere que vivas dentro de ChatGTP 

    La semana pasada, en San Francisco, California, se llevó a cabo el evento anual de desarrolladores de OpenAI, donde se presentaron varias innovaciones que nos dan una idea de hacia dónde Sam Altman quiere llevar la plataforma en los próximos años.  El objetivo es que ChatGPT es claro, dejar de ser solo un asistente inteligente con el que conversas y se convierta en el lugar donde trabajes, compres e incluso uses otras aplicaciones. Con los 800 millones de usuarios activos que tiene cada semana (una cifra que equivale a la mitad de los usuarios de TikTok), podría tener la masa crítica para lograrlo y crear una nueva plataforma donde las aplicaciones estén impulsadas por agentes conversacionales. 

    ChatGPT ahora puede conectarse con otras aplicaciones sin salir de la plataforma. En las demostraciones del evento se vio cómo se podía crear una playlist en Spotify, buscar una casa en San Francisco o diseñar una presentación en Canva, todo dentro de la misma conversación.   Muchos de los usuarios que utilizan ChatGPT para sus tareas suelen copiar el contenido generado y lo pasan a otras aplicaciones como Canva o Google Docs y este cambio podría abrir nuevas formas de interactuar con aplicaciones y modelos de inteligencia artificial. Si bien todavía son pocos los casos de uso, OpenAI ya puso a disposición de la comunidad de desarrolladores un App SDK que permitirá crear aplicaciones que se integren con la plataforma.  

     Al mismo tiempo, OpenAI anunció AgentKit, un conjunto de herramientas que promete hacer por los agentes de IA lo que WordPress hizo por la web o Canva por el diseño, es decir que cualquiera pueda desarrollar agentes que automaticen tareas. De manera general un agente puede realizar tareas por si mismo, conectarse con aplicaciones empresariales y actuar de forma autónoma para ayudarte a lograr un objetivo. Esta nueva plataforma busca ofrecen una forma visual y accesible de crear agentes del mismo modo que Canva simplificó el diseño para quienes no eran diseñadores.   

    Por si fuera poco, OpenAI también presentó un protocolo de comercio agéntico que permitirá hacer pagos directamente dentro de ChatGPT. En otras palabras, los agentes podrían hacer compras por nosotros mientras conversamos con ellos. En la presentación se adelantó que Shopify será una de las próximas en incorporarse a este sistema de pagos, lo que podría abrir nuevas oportunidades para los negocios y marcas que ya tienen sus tiendas en línea en la plataforma. 

    Poder desarrollar aplicaciones dentro de ChatGTP, realizar pagos y crear agentes con facilidad abre la puerta a una nueva generación de aplicaciones basadas en interacciones conversacionales e impulsada por IA.  

    Pero más allá de los anuncios, el mensaje fue claro: OpenAI no solo está creando productos, sino busca redefinir nuestra relación con la web, donde la página principal ya no sea Google, ni las redes sociales, ni las apps del teléfono, sino ChatGPT. Se ha hablado mucho que la IA está destruyendo la web, al llenar Internet de contenido generado por máquinas. Sin embargo, quizá lo que realmente está haciendo es redefinir lo que significa estar en la web.  

    Si bien todo esto suena prometedor, también debemos reflexionar sobre su impacto. Es muy importante prestar atención a los temas de privacidad y seguridad, ya que permitir que aplicaciones de terceros se conecten con ChatGPT podría darles acceso a nuestras conversaciones y a la memoria de la plataforma. Esto es aún más preocupante porque, en general, los usuarios comparten más información más personal en sus conversaciones con modelos de IA que en las redes sociales. En su momento, Facebook impulsó el desarrollo de juegos y aplicaciones dentro de su plataforma (seguro recuerdas FarmVille o Candy Crush), y el resultado fue negativo: muchas de esas empresas accedían a más información personal de la que debían. Ojalá esta vez no repitamos la misma historia. 

    Sam Altman quiere redefinir lo que es la web, y en cierto modo, ya lo está logrando. ChatGPT ha transformado nuestra forma de buscar información, crear contenido y desarrollar aplicaciones y continuará transformando la forma en que trabajamos. Si lo logra, ChatGTP no solo será una aplicación más, sino el nuevo sistema operativo de nuestra vida digital.  La plataforma avanza tan rápido que resulta difícil imaginar que este ritmo se detenga pronto.  Más allá de las preocupaciones que genera, es importante aprender y entender cómo aprovechar estas innovaciones, tanto a nivel personal como empresarial, siempre con una mirada crítica y un sano escepticismo frente a sus resultados. 

  • Por qué nunca sabremos si una tarea fue hecha con inteligencia artificial

    Por qué nunca sabremos si una tarea fue hecha con inteligencia artificial

    Detectar con certeza si una tarea fue hecha con IA es imposible; lo importante es enseñar a los estudiantes a pensar y aprender.

    Que los estudiantes busquen atajos para hacer su tarea no es nada nuevo. Seguramente cuando eras estudiante también lo hiciste: pedías a un amigo que te prestara su tarea, copiabas fragmentos de Wikipedia o buscabas la forma de que alguien más lo hiciera por ti. Hoy no es diferente, ya que muchos estudiantes siguen buscando lo mismo, hacer más rápido sus tareas.  Quizás lo único que ha cambiado es que ahora la inteligencia artificial los ayuda.

    Uno de los usos más comunes de herramientas como ChatGPT es ser un asistente para hacer las tareas, o incluso, en algunos casos, quien haga toda la tarea.  En muchos casos a los profesores no les gusta que sus estudiantes usen estas herramientas y termina por prohibirlas, porque al final del día no cumplen con el objetivo de la tarea: reforzar lo aprendido en clase, desarrollar el pensamiento crítico y, sobre todo, aplicar los conocimientos adquiridos.

    Hoy en día, un profesor puede detectar con cierta facilidad si un estudiante copió y pegó un texto generado por IA. El estilo suele ser demasiado limpio, genérico y con una estructura repetitiva. También es común encontrar un vocabulario demasiado neutro, frases que suenan correctas pero vacías de contenido, ejemplos que no encajan con el contexto de la clase o explicaciones que repiten lo mismo con distintas palabras. Sin embargo, cada vez más estudiantes han aprendido a “humanizar” los textos: varían la longitud de las oraciones, usan una voz más personal, introducen anécdotas o cometen errores intencionales. Lo que para un detector es una “imperfección” que prueba humanidad, para un estudiante es simplemente un truco más.

    Muchos profesores están buscando una herramienta infalible que les diga con certeza si un texto fue escrito por una IA. Pero la verdad es que, ni ahora ni en los próximos años, existirá una forma de saberlo con un 100% de seguridad. La idea de una herramienta perfecta es irreal tanto técnica como conceptualmente. Los modelos de lenguaje como ChatGPT o Gemini no dejan huella digital. No copian, generan. Su función es predecir la siguiente palabra en una secuencia, basándose en millones de ejemplos. El resultado no tiene un sello artificial, sino una imitación de los estilos humanos. Esto significa que un texto creado por IA no siempre puede rastrearse de manera directa.

    Los detectores de IA disponibles en el mercado son, en realidad, clasificadores que estiman si un texto parece más humano o artificial. Esa estimación tiene dos puntos débiles: los falsos positivos, cuando un texto legítimamente escrito por un estudiante se marca como artificial y los falsos negativos, cuando un texto generado por IA pasa desapercibido.  Estos sistemas no detectan “IA”, sino busca patrones estadísticos que se imitan la forma en que también escribimos los humanos. Su funcionamiento se basa en medir la probabilidad y consistencia de las palabras, no en identificar un rastro único de la máquina que lo generó.

    A medida que la IA se vuelve más sofisticada, sus resultados se asemejan cada vez más a la escritura humana. Esto hace obsoletas las métricas en las que confían los detectores.  Si realmente quisiéramos tener una herramienta que detectara si un estudiante escribió un documento con la ayuda de la IA, las universidades tendrían que registrar previamente el estilo de escritura de cada estudiante y acumular una especie de “huella” de referencia. Pero además de ser técnicamente complejo, plantea dilemas éticos y de privacidad. Requeriría almacenar grandes volúmenes de textos personales a lo largo del tiempo además de que deberíamos asumir que el estilo de escritura de un estudiante es fijo, cuando en realidad evoluciona con la práctica y la experiencia.

    Si nunca podremos estar seguros de si un documento fue escrito con IA, ¿tiene sentido seguir intentando descubrirlo? Tal vez como profesores deberíamos dejar de obsesionarnos con tratar de identificar textos generados por ChatGPT y enfocarnos más en el proceso que en el resultado. Una tarea debe retar a los estudiantes a pensar, a demostrar que comprendieron y, sobre todo, a aplicar lo aprendido en situaciones nuevas.

    Por supuesto, esto también abre las puertas a una preocupación real, la IA puede fomentar dependencia, atrofiar la memoria y simplificar en exceso el aprendizaje. Pero también puede enseñar a los estudiantes a dialogar con la tecnología, a cuestionarla y a moldearla en lugar de simplemente hacer un copy-paste. El verdadero reto no es descubrir si un estudiante buscó un camino rápido para hacer sus tareas, sino rediseñar las clases para que el valor no esté en entregar un texto final, sino en mostrar cómo se llegó a él.

    Al menos en el mediano plazo, ninguna plataforma podrá decirnos con certeza si un artículo fue hecho con IA sin afectar la privacidad de los estudiantes. Tal vez el verdadero aprendizaje no está en entregar una tarea sino en mostrar cómo se llegó al resultado. Al final, más que tratar de atrapar a nuestros estudiantes, nuestra tarea como profesor es acompañar a los estudiantes a desarrollar una mente curiosa, crítica y capaz de dialogar con la tecnología.

  • Por qué si tienes más de 40 años debes aprender más sobre inteligencia artificial

    Por qué si tienes más de 40 años debes aprender más sobre inteligencia artificial

    Al llegar a los 40, tu experiencia en el mundo laboral te ha enseñado a no dejarte impresionar con facilidad. Eres escéptico de las soluciones mágicas y de todo lo que se vende como la próxima herramienta que transformará nuestro mundo. Has escuchado tantas veces que una plataforma llevará a tu empresa al éxito, a conseguir más clientes y a ser más productiva, que ya te has decepcionado. A veces incluso prefieres seguir trabajando como siempre lo has hecho, con esos viejos trucos que siempre funcionan.  

    Quizás te esté pasando lo mismo con la inteligencia artificial. La has escuchado por todos lados, la ves en cada presentación de nuevos productos, y siempre dicen que va a transformar nuestro mundo, pero sigues siendo escéptico y crees que eso no pasará. Usas ChatGPT, conoces sus capacidades, pero aún dudas de cómo integrarlo por completo en tu trabajo, de cómo podría encajar en los procesos de tu empresa. En el fondo sabes que, por ahora, todavía no está lista para integrarse en tu día a día.

    Es cierto, opino lo mismo: la IA no es mágica. Aunque muchos la presenten como algo capaz de hacerlo todo, la verdad es que tiene límites y carencias: se equivoca, inventa cosas, refleja prejuicios y, sobre todo, carece del contexto de cómo se hacen las cosas en tu empresa. Pensar que “lo sabe todo” es tan peligroso como creer que “va a quitarnos el trabajo”.  La realidad es otra: la verdadera capacidad de la IA no es reemplazar, sino amplificar. No viene a sustituir tu experiencia ni tus conocimientos, sino a potenciarlos. Eso significa usarla para ahorrar tiempo en tus tareas, mejorar tus decisiones y encontrar soluciones más rápido.

    Si tienes más de 40, lo que ya tienes es criterio. Has pasado por grandes cambios, has tomado decisiones difíciles, has visto qué funciona y qué no, y también te has equivocado muchas veces. Ese contexto te da una gran ventaja para aprovechar las herramientas de inteligencia artificial. Un joven puede pedirle algo a ChatGPT y creer la primera respuesta. Tú, en cambio, puedes dudar, comparar, cuestionar, ser escéptico y decidir qué sirve de verdad. La experiencia es lo que hace que la IA sea útil.

    El problema es que, a cierta edad, preferimos lo estable y evitamos lo nuevo. Repetimos lo que ya dominamos, usamos las mismas herramientas y seguimos la misma rutina. Nos convencemos de que eso basta, pero en realidad no es suficiente.  Piensa en esto: si hoy tienes 40, te quedan al menos veinte años de vida laboral. Y si miras atrás, verás que todo cambió en las últimas dos décadas: la tecnología se volvió parte de nuestra vida, las herramientas digitales nos acompañan tanto en lo laboral como en lo personal, y los algoritmos toman cada vez más decisiones por nosotros. ¿De verdad crees que los próximos veinte serán más tranquilos? Con la IA como motor, el cambio será mucho más grande

    La IA tiene un lado creativo que a veces pasa desapercibido. No solo ayuda a ahorrar tiempo, también te permite ver los problemas desde otro ángulo. Puede hacerte preguntas que no habías considerado, mostrarte opciones nuevas o inspirarte a probar algo distinto. Es como un compañero que nunca se cansa de explorar contigo. Pero la clave no está en sus respuestas, ni en creer que lo sabe todo, sino en poner tu criterio y tu experiencia en el centro de cada decisión. 

    A los 40, muchos ya dirigen equipos o toman decisiones clave en sus empresas. No entender cómo funciona la IA, sus límites y sus riesgos no solo es un problema personal: puede convertirse en un problema para todo el grupo que confía en ti. Porque, seguramente, y sin que lo notes, tu equipo ya la está usando más que tú. El problema es que el uso de estas herramientas no garantiza mejores resultados: confiar demasiado en ellas puede llevar a peores decisiones, a aplicar soluciones que no encajan con el contexto o, simplemente, a no alcanzar los objetivos que se buscan.  Tu responsabilidad no es solo aprender a usar la IA, sino dirigir la conversación sobre cómo aplicarla de manera adecuada. Pero solo podrás hacerlo si entiendes cómo funciona, porque no es una herramienta cualquiera: sus resultados dependen de los modelos mentales y de la experiencia que pongas al usarla.

    Aprender sobre inteligencia artificial después de los 40 es recordar que nunca es tarde para aprender algo nuevo y reinventarte. Claro, te puede costar más que a los 20, porque llevas años trabajando de una manera, y puede dar miedo explorar nuevos modelos mentales o encontrar distintas formas de hacer las cosas. Pero justamente por eso, es aún más importante que lo hagas: tu experiencia puede darle sentido y dirección al uso de estas herramientas.

     Los próximos veinte años de tu vida laboral pueden ser los más creativos y productivos. La pregunta es si estarás dispuesto a aprender algo nuevo o dejarás que otros lo hagan por ti. Si tienes más de 40, tu experiencia no es un obstáculo, es tu mayor fortaleza. Has aprendido a distinguir lo que funciona de lo que solo es promesa, y eso te da una ventaja enorme frente a quienes apenas comienzan. Cada semana que inviertes en aprender algo nuevos, estás asegurando tu relevancia en un mundo que cambia cada día más rápido. El futuro no es para los que más saben, sino para los que nunca dejan de aprender.