La primera generación que hizo toda la preparatoria con IA ya está en la universidad

Este mes entró a la universidad la primera generación de estudiantes que cursó toda la preparatoria acompañada de herramientas de inteligencia artificial para estudiar, investigar e incluso hacer sus tareas. Estos estudiantes iniciaron la preparatoria en agosto de 2023, cuando ChatGPT llevaba nueve meses de haberse lanzado al público. Para ellos, no hubo un solo día en el que la opción de pedirle a un asistente digital que les escribiera un ensayo, resumiera un capítulo, les diera ideas o les resolviera un problema no estuviera disponible.

Esta generación pasó por un proceso de aprendizaje totalmente diferente al de las anteriores, y eso nos obliga, en muchos sentidos, a repensar cómo diseñamos proyectos y tareas. Por supuesto, esta conversación no es nueva; la hemos tenido durante los últimos tres años, pero con esta generación veremos algo distinto: estudiantes que no incorporaron la IA a mitad de su proceso, sino que aprendieron desde el inicio con ella disponible.

Este semestre estoy dando un curso de negocios donde el 70% de los estudiantes son de nuevo ingreso y pertenecen a esta generación de la que estoy hablando. En la primera clase les pregunté si debíamos usar herramientas de IA para realizar las tareas y proyectos, y no puedo olvidar su cara, con una expresión de: ¿por qué razón no la deberíamos usar si nos facilita el trabajo que realizamos?

No dudo de los beneficios que puede tener el uso de la IA en el desarrollo de proyectos, pero tenemos que analizar con cuidado qué está pasando. El semestre pasado mis estudiantes desarrollaron una campaña completa para una marca: video, imágenes, diseño de producto, todo con apoyo de IA. Los resultados fueron excelentes. Mejores, en varios casos, que lo que habrían entregado sin esas herramientas. Sin embargo, en algunos casos faltó lo más importante: la creatividad humana no fue la primera opción; fue la segunda, la que apareció cuando la herramienta no daba exactamente lo que querían.

Vengo de una generación que cursó la licenciatura en un mundo totalmente diferente al de ahora, un mundo donde ni siquiera existía Google y tenías que ingeniártelas para resolver problemas con las pocas herramientas, libros e información que teníamos disponibles. No recuerdo mucho de lo que aprendí a lo largo de mi estancia en la universidad, pero algo que sí aprendió mi generación fue a resolver problemas. Muchas veces, las limitaciones que teníamos nos hicieron ser más creativos. Y no lo digo con nostalgia ni desde la idea de que los tiempos pasados fueron mejores, sino porque me preocupa cómo debemos responder, como profesores, a lo que ya está cambiando dentro del aula.

No estoy en contra de que los estudiantes usen la IA; tampoco es culpa de ellos que la estén usando. Mi generación vivió una gran revolución digital y de Internet, y nosotros no hicimos más que aprovecharla y cambiar las reglas del juego, de la misma manera en que esta generación de universitarios lo está haciendo. Pero como profesores, tenemos que repensar cómo logramos que nuestros estudiantes desarrollen la habilidad de resolver problemas más grandes que los que resolvimos nosotros y, sobre todo, que no tengan miedo a equivocarse.

Si el cerebro es un músculo, delegar todo el esfuerzo es como contratar a alguien para que vaya al gimnasio por ti. Al final, los estudiantes no desarrollan la “fuerza” mental necesaria para resolver problemas difíciles por su cuenta. Se vuelven expertos en pedir respuestas, pero novatos en el arte de pensar. Por supuesto que no podemos culpar solo a los estudiantes; yo mismo caigo en eso. Hay días en que le pido a Claude cosas que podría resolver solo, no porque no pueda, sino porque está ahí. Si a mí me pasa, alguien con años de experiencia laboral, no veo por qué esperaría algo distinto de alguien de dieciocho años.

Cada vez hay más señales de que la IA está cambiando la forma en que los estudiantes aprenden. En muchos casos, los trabajos que entregan se ven mejor: están más ordenados, mejor escritos y más completos. Pero eso no siempre significa que hayan entendido más. A veces solo significa que aprendieron a pedir mejor una respuesta. Ese es el verdadero riesgo. Podemos usar la IA para avanzar más rápido, pero no podemos dejar que haga todo el proceso por nosotros. Entender algo requiere tiempo: leer, pensar, confundirse, volver a intentar y equivocarse. Si quitamos todo eso del camino, también quitamos una parte importante del aprendizaje.

Eso significa que a los profesores nos toca repensar cómo damos algunas clases. No prohibir la IA, sino diseñar a propósito espacios donde el estudiante tenga que resolver sin ella y, sobre todo, actividades que realmente lo reten y lo hagan salir de una conversación con una IA. Si no cambiamos cómo enseñamos, vamos a titular a una generación capaz de producir trabajos impecables e incapaz de sostener una idea propia. Y eso no va a ser culpa de ellos, va a ser de nosotros.

Este semestre daré la clase de Fundamentos de Mercadotecnia y la mayoría de mis estudiantes son de nuevo ingreso. Tengo varias ideas en mente y quiero experimentar con otras formas de enseñar, sobre todo con esta generación de estudiantes que tuvo a ChatGPT como compañero durante toda su preparatoria. Así como les pedimos a ellos que no tengan miedo a equivocarse, nosotros también tenemos que perder el miedo a probar nuevas formas de plantear proyectos, diseñar actividades e incluso equivocarnos en el proceso. Muchos profesores tienen años de experiencia académica, pero nadie había recibido antes a una generación que tuvo un asistente de IA disponible durante toda su preparatoria.

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